miércoles, febrero 17, 2016

Star Wars: Kanan, el Último Padawan

En primer lugar he decir que no soy un gran aficionado a los cómics. No es que no me gusten, pero he leído poco y de forma ocasional. Sirva decir que seguí Excalibur durante un tiempo antes de que fracasara (la saga original 1988-1998), y recientemente solo he picoteado con Mouse Guard y Artesia. Así que mi reseña se centrará en el guión y no en el arte. De este solo diré que me ha parecido correcto, aunque un poco vago al representar planos lejanos y multitudes.
Kanan, el Último Padawan nos cuenta la historia de Kanan (¡vaya sorpresa!) durante su infancia y adolescencia; el tiempo que pasó con su maestra y cómo se buscó la vida tras escapar de la Orden 66. Vamos, lo que le sucede al personaje antes de los eventos que nos cuenta Star Wars: Rebels.

El recurso utilizado es un gigantesco flashback con breves retornos a la misión actual (ya con el grupo del Espíritu).
No quiero entrar en spoilers, pero cualquier seguidor de Rebels encontrará esta serie muy interesante. Está repleta de referencias tanto a retazos de las precuelas, como a personajes que iremos conociendo en la serie Rebels.
Personalmente me gana porque el periodo de la Purga Jedi es, quizás, mi favorito. Todo el rollo oscuro del alzamiento del Imperio y los principios de una incipiente rebelión. Aquí lo vemos con crudeza, pero también nos aproxima a la peculiar situación política de posguerra, en la que los separatistas convencidos se dan cuenta de cual fue su verdadero papel en las Guerras Clon, siendo ahora perseguidos del mismo modo que los fieles a la República, que se convierten en extraños compañeros de cama. Todo ello queda fielmente recogido en esta serie.

El nuevo canon
Como ya dije me cabreó el fin de Clone Wars y entré en Rebels con bastante manía. Desde luego el tono era mucho más infantil que el que encontramos en las últimas temporadas de Clone Wars, pero los episodios son bastante frescos, con unos guiones que parecen partidas de rol; no son una maravilla, pero hablan un idioma cercano y el resultado es simpático. A partir de la segunda temporada la cosa mejora bastante y empieza a intuirse la dirección hacia la que Dave Filoni quiere dirigirnos.
Así que, sí, puede decirse que Rebels me gusta. No es Clone Wars y es un producto Disney, pero me gusta. Quizás Chopper sea culpable en un gran porcentaje de que me guste, pero... ¿a quién podría no gustarle un astrodroide hecho de piezas de desguace y que parece un cruce entre RD-D2 y Bender?

Decía que el Episodio VII me gustaba como una historia del universo de Star Wars, pero no como un episodio de la saga. Y tal vez las historias que se cuenten fuera de la línea de las películas sean mucho mejores, tal como Rebels y The Last Padawan parecen estar sugiriendo. Desde luego hay muchas cosas que no me gustarán, pero hay grandísimos creadores ahí fuera, gente con talento que no tienen nada que ver con J.J. y que pueden ofrecernos productos que realmente valen la pena.

El viejo canon
Me gusta hablar de lo que conozco. No encontraréis en este blog demasiadas reseñas de productos que no haya leído/jugado/probado. Lo mismo se aplica a todo esto de Star Wars.
Me apasiona la serie Clone Wars. Como he dicho me parece superior a otros productos "mainstream" de Star Wars, y que está llena de talento y grandes ideas. A partir de ahí puedo defender Clone Wars desde un punto de vista absolutamente personal. Rebels comienza a gustarme cada vez más (curiosamente de un modo similar a cómo empezó a gustarme Clone Wars) y, hasta ahora, puedo ofrecer una opinión positiva de este producto.

NO he leído novelas del universo expandido, con la única excepción de El Ojo de la Mente que leí en los ochenta. Y que en realidad ni es canon ni forma parte de la continuidad.
Creo que lo he dicho más de una vez, pero lo repetiré de nuevo: no me gustan las novelas de franquicia. ¿Por qué? Porque acostumbran a ser extremadamente malas y porque hay montones de cosas interesantes que leer y que merecen mucho más mi tiempo.
Eso incluye las novelas de Star Wars. Que puede que la historia que cuentan (no la forma) sea interesante, y si alguien me las relata en una de esas tardes de charlas friki pongo atención y curiosidad. O un cómic de vez en cuando. Pero no tengo moral ni tiempo para dedicar a novelas que sé que me disgustarán :(

miércoles, febrero 10, 2016

Reseña: Star Wars, el Despertar de la Fuerza

En una ocasión leí un comentario sobre Conan (la de Chuache) que decía que se trataba de una mala película sobre Conan pero una magnífica película sobre la Era Hiboria.
Me parecieron unas palabras muy acertadas, y creo que en el caso del episodio VII de Star Wars pueden aplicarse con igual validez: una buena película sobre el universo Star Wars pero un mal episodio de la saga galáctica.

Los perpetradores
Al ser un producto de productores (valga la cacofonía) es un poco difícil repartir culpas y méritos; no es ni de lejos un producto de autor y el estudio corta y pincha a su gusto.
Sobre J.J. he de decir que no es santo de mi devoción. Sus productos televisivos me parecen una estafa, malos o carentes de interés, según cada cual y cómo tenga el día. Quizás salvaría Almost Human, pero ahí solo era productor ejecutivo.
De sus trabajos cinematográficos tengo una opinión similar, aunque he de reconocer que su Star Trek de 2009 sí me gustó (no tanto la siguiente entrega que me resultó menos fresca).
Así que no compartía el entusiasmo de muchos cuando se anunció que Abrams dirigiría el Episodio VII.

De Disney solo puedo esperar que la saga se convierta en un producto aun más explotado comercialmente. Si a Lucas se le ha criticado siempre su entusiasmo por vendernos muñequitos espero que no juzguemos más levemente a Disney. En este caso sí tenía un poco más claro por donde podían ir los tiros teniendo tan presentes sus productos Marvel: diversión de consumo. No es algo que sea necesariamente malo, pero tendremos que asumir que toda la mística de Star Wars va a perderse.
El anuncio de que el anterior canon del universo expandido sería sacrificado tampoco era algo de buen agüero (esto no va de dar rienda suelta a la libertad creativa, si no a un "vamos a hacer lo que nos de la gana/venda chorradas").
De las cosas que me pillaron cerca lo que más me jodió fue la cancelación de Attack Squadrons y The Clone Wars.

La película
Y entrando en El Despertar de la Fuerza...
Diría que es la película más cobarde que he visto en mi vida. No han tenido las agallas suficientes para hacer un remake/reboot porque estaban cagados ante la perspectiva de que los fans se los comieran vivos, así que han perpetrado un producto recocinado que tienen la desfachatez de vender como lleno de guiños a las películas clásicas.
Guiños es que los personajes digan "tengo un mal presentimiento sobre esto". Lo que Abrams y Disney hacen es pintar encima del dibujo de Lucas. Y lo de la tercera Estrella de la Muerte ya es un auténtico cachondeo para que los aficionados hagan más chistes.
El Despertar de la Fuerza es muchas luces, acción y gente corriendo. Cosas que ya hemos visto y montones de "cuenta cómo" por todas partes. Dos horas de entretenimiento vacío que conforman lo que sería una interesante película enmarcada en el universo Star Wars pero un pésimo Episodio de la saga galáctica.

En el capítulo de los créditos hay que reconocer que los combates entre cazas y con el Halcón Milenario están muy bien y que los actores han sorprendido para bien. Sobre todo Boyega, al que recordaba de la divertida Attack the Block, pero que me despertaba mucha inquietud en los trailers.


Saliendo del armario
Me gustan las precuelas.
Tal vez el Episodio I no. Nadie soporta a Jar Jar. Ni al niño. Y Anakin de adulto tampoco es que sea una maravilla. La dirección de actores es decididamente mala...
Pero a pesar de todo eso las precuelas cuentan algo nuevo. Sacan a la luz los orígenes de la familia Skywalker. Han dado forma a la República de la que habíamos oído hablar. Hay nuevas razas. Nuevos diseños de personajes (los droides "básicos" me gustaron desde el primer momento ¡roger! y los soldados clon son la caña). Además nos fueron enseñando la galaxia, con planetas espectaculares como Kamino, Naboo o Felucia (nada de un Jakku que "cuenta cómo" Tatooine  o una capital genérica que "cuenta cómo" Coruscant).
Pueden ser películas mejores o peores, pero tras ellas había ganas, imaginación y el deseo de contar una historia.
Además me gusta mucho su trama política. Sé que no es algo que agrade a todos los aficionados, pero personalmente no me merece mucho interés las opiniones de quienes consideran que "el politiqueo que metió Lucas en las precuelas es un rollo". Además del morbo de qué decía y qué estaba pasando durante los años en los que se estrenaron las precuelas.

Además nos dieron la serie The Clone Wars de la que diré sin el menor sonrojo que, probablemente, sea el mejor producto Star Wars. Un trabajo inconmensurable, respetuoso, de imaginación desbordante e impresionante calidad técnica. Una serie que fue creciendo desde unas tramas más infantiles a unos puntos de profundidad impensables para una serie de animación. Compleja, llena de matices, imprevisible... Y que Disney liquidó cuando estaba alcanzando su mayor nivel de excelencia.


Lo que yo habría hecho
J.J. Abrams es un estupendo exponente de la contemporaneidad: banalidad endiosada. Un producto Apple. Un reluciendo embalaje sin nada dentro.
Y sus productos son exactamente tal como es él.
Personalmente habría entregado el destino del Episodio VII y siguientes (y de forma indefinida si lo desearan) a Dave Filoni en el guión y a Kevin Smith en la dirección. Y no me pienso sonrojar: ahí lo he dicho y ahí queda.

miércoles, febrero 03, 2016

Nemus: El héroe comienza su viaje

El ritmo de los tambores aumentaba en una espiral inabarcable. Entonces aspiró. Y el humo pareció entrar por sus fosas nasales, bajar por su traquea, buscar en sus pulmones como dedos fantasmales. Y después oscuridad.

Pero la oscuridad se movía. No podía decir cómo ni por qué. Pero se movía. O tal vez era él, desplazándose a través de la oscuridad. De alguna forma sintió que doblaba un recodo y la luz apareció como un punto distante. Entonces sí: avanzó. Corriendo con un ansia agobiante. La luz iba inundando aquel túnel hasta que salió de él y lo saturó todo.
Lo oyó antes de verlo, empachado como estaba de luz. Un aleteo acompasado, como si se moviese muy lentamente. El águila descendía sobre él. Él -ahora se veía-, una musaraña insignificante. Las garras se clavaron en su carne, atravesándolas como había visto a los hombres atravesados en el campo de batalla. Gritó. Y su grito fue el graznido del águila.

Era el águila. Sin saber por que era el águila. A cada batir de alas estaba más y más alto. El sol pasó sobre él, tan cerca que parecía que abrasaría sus plumas. El aire lo sostenía, como si empujase su cuerpo. El aire que lo rodeaba era gélido, pero cada soplo que entraba en su boca era cálido como la sopa.
Entonces miró hacia abajo. Había un bosque inmenso que todo lo ocupaba. Pero cuando se fijó vio que en realidad solo había un árbol. Un árbol inmenso que estaba en todas partes. El árbol hundía sus raíces en el mundo y, al mismo tiempo, lo sostenía en sus ramas. Quiso tocar el árbol, sentir su corteza, cobijarse bajo su copa. Y al acercarse vio frutos rojos y jugosos, y quiso saciarse de ellos.

Pero de pronto el árbol no estaba allí. O seguía allí, muy al fondo en el paisaje. Bajo él se extendía ahora un río muy extenso. No, no era un río. No eran meandros; se movía. Era la cola de una enorme criatura. Como una serpiente enroscada a un árbol, giraba y giraba. Allí estaba de nuevo el árbol.
Cuando ya estaba perdiéndose en ese movimiento sin fin vio la cabeza de la criatura. No una cabeza de serpiente, si no de un dragón de largos cuernos. Veía solo uno de sus ojos, y la sierpe le vio a él.
Y le sonrió.

Dudando de lo que había visto quiso acercarse, pero la sierpe ya no estaba allí. Tampoco estaba el árbol. O tal vez sí, de nuevo al fondo. Pero también detrás, y a sus lados.
Volaba ahora sobre una gran llanura. Había campos que se extendían hasta el horizonte. Campos de labranza rebosantes de trigo dorado que brillaban con el sol. Pero nadie lo recogía. Siguió los caminos y llegó a grandes ciudades. Una de ellas era del mármol más blanco. Blanco como si alguien lo limpiara a cada hora. Blanco como si nadie lo hubiera pisado jamás.
Después vio otra ciudad también de mármol. Pero este estaba sucio. Cubierto de musgo y verdín. Y había extensas enredaderas que se enroscaban a cada una de las columnas. Tampoco había hombres en ella, pero sí animales. Vio zorros y tejones. Y su voz graznó. El sonido llenó el cielo y se derramó sobre la tierra. Y cuando aquellos animales lo oyeron corrieron a esconderse bajos los aleros, en las despensas, entando en las alacenas y derramando las conservas para el invierno.
Vio ciudades con tejados de tejas rojas. Vio ciudades con techados de paja. Vio ciudades de madera entre ciudades de piedra.


Cuando hubo pasado la última ciudad se encontró sobrevolando el mar. El mar. De un color cambiante entre azul, verde y gris. Se agitaba como si lo azotase una gran tormenta, pero el día era apacible y el viento no soplaba.
Sintió agua en su espalda. Agua que caía, pero no como lluvia. Volvió la mirada y se encontró de nuevo a la gran sierpe. La sierpe era del mismo color del mar. De los mismos colores, y como ellos cambiaba. La sierpe le sonrió otra vez y se encontró a sí mismo devolviendo la sonrisa. Pero no la estaba devolviendo, porque ahora era la sierpe. Y riendo, como henchido de un júbilo inexplicable se zambulló en el mar. Las corrientes le acariciaron. Giró y giró. Se enroscó en las montañas del mar, rascó su lomo con las islas. Sintió cosquillas. Burbujas surgían del fondo del mar formando fumarolas. Y en torno a ellas crustáceos de caparazones iridiscentes bailando en una coreografía sin música. Sintió hambre y se sació de ellos. Pero siguió descendiendo. Hundiéndose en la tierra y dejando atrás el océano.
Hasta que vio un punto de luz en la lejanía, y cuando llegó a él era otra vez la musaraña. Era también el árbol. Era la piedra quemada. Un lobo entre zorros y tejones. Rió entonces con sonrisa lobuna y se arrancó uno de los frutos y lo comió hasta que su hambre quedó saciada. Busco una sala donde un fuego ardía y se tumbó a su lado. Y durmió y durmió hasta que oyó una voz que le llamaba y una música lejana.

Sobre él un rostro que lo miraba. Él reía, porque había entendido el chiste del lobo. Pero aquel joven no lo había oído. Pedía que se lo explicara.
- ¿Qué has visto? -preguntó con una voz en la que la emoción y la incertidumbre parecían mezclarse- ¿Qué significan esas visiones?
- ¿Qué son para ti las montañas? -respondió entre risas y toses- ¡Qué lugar tan indigno de ti! Ve y coge al mundo por el cuello. Y exígele que te de lo que te corresponde.

Siguió preguntándole. Le agarró de sus vestiduras de pieles y lo agitó. Pero el viejo reía y reía ajeno a todo. Se separó de él. El intenso olor del humo le hacía sentirse mareado.
Salió a la boca de la cueva y miró el paisaje que se extendía ante él: montañas y más montañas en todas las direcciones. Le había costado un cordero y una buena cantidad de monedas, pero no había entendido nada. Se encogió de hombros, recogió su petate, puso la espada envainada a su espalda y, saliendo de aquella gruta decorada con inquietantes pinturas de glasto, se entregó a los caminos del mundo.