miércoles, junio 17, 2020

Nemus: Umida, República pirata

De la pluma de Xoso nos llega una nueva localización para Nemus. En este caso se trata de otra potencia naval, creando un triángulo con Isola y Emporika.


Sobre el puerto comercial de Umida

Demetria Ambrosia

La caída del Antiguo Imperio fue un cataclismo a todos los niveles: político, económico, social y cultural. Mas al mismo tiempo constituyó el germen de un mundo nuevo, no tan sofisticado como el regido durante siglos por los emperadores de Fundatio, aunque no por ello carente de su propia y genuina potencia vital. El puerto franco de Umida es probablemente uno de los mejores ejemplos disponibles para sustentar esta afirmación.

Ha sido imposible verificar su existencia antes de la Guerra de los Emperadores Fratricidas. Ningún documento menciona su nombre entre los asentamientos de la costa de Eliria que cumplían sus obligaciones impositivas para con la provincia más meridional del Antiguo Imperio.

La retirada de las legiones que custodiaban el limes a lo largo del Cola de Sierpe provocó una creciente inseguridad en Eliria. La presión de las tribus borias desde el otro margen del río no tardó en combinarse con un problema aún peor: las incursiones nórdicas. Los skallaagrim extendían por toda la costa imperial sus ataques en busca de botín y cautivos, una campaña que culminó con su conquista de la estratégica península de Duchet.

Los navarcas de Trantio, Isola y sobre todo Felsina dedicaban notables esfuerzos a combatir el pillaje nórdico, pero al sur de la desembocadura del Tauria sencillamente no había grandes puertos ni villas marítimas que pudiesen costear ni albergar una flota capaz de plantar cara a los hijos de Skallagaard. En aquellos momentos, el debilitado Imperio ya tenía bastante con la defensa de Tarania, así que los elirios costeños tuvieron que apañárselas solos.

La reacción natural de no pocas poblaciones costeras fue retirarse varios estadios hacia el interior, creando nuevas villas fortificadas en posiciones elevadas e incluso repoblando y reconstruyendo algunos de los castros ancestrales de la región. Pero incluso estas medidas no resultaban siempre capaces de arredrar a los audaces skallaagrim, por lo que unos cuantos desesperados optaron por dirigirse hacia las marismas de la Bahía de Memnos.

Dicha bahía debe su nombre a la fábula clásica de Memnos, un joven nisio que se jactó de ser mejor pescador que el mismísimo Dios del Mar. Así que este, ofendido, lo retó a una competición de pesca. Su previsible derrota le costó a Memnos ser convertido en una garza. Tanto si la historia es cierta como si no, aquellas marismas albergan una colorida variedad de esas aves zancudas. Y los recién llegados llamaron Ardea (“garza”) al islote arenoso sobre el que fundaron su nuevo asentamiento.


En la bahía ya existían algunas pequeñas y recónditas aldeas de pescadores, pues el ser humano ha mostrado siempre una innata y sorprendente capacidad para prosperar en lugares a donde el buen juicio desaconsejaría siquiera aproximarse. Los nuevos pobladores no tardaron en asimilar a aquellos indómitos moradores originales, de los que aprendieron a construir bateas y juncos de poco calado con los que desplazarse con facilidad por las aguas poco profundas de la marisma de Memnos.

La persecución religiosa que se desató por todo el Imperio durante el infausto reinado de Constantius el Loco empujó a muchos asustados ciudadanos a abandonar las grandes urbes. Con sus escasas pertenencias a cuestas, un número significativo de aquellos infelices terminó dirigiéndose hacia la costa de Eliria, donde se rumoreaba había un nuevo asentamiento en el que se podía empezar de cero. La marisma de Memnos nunca ha sido un territorio acogedor para la vida humana, pero aquellos desposeídos perseveraron y fueron aceptados por los habitantes de Ardea, que les permitieron establecerse en otros islotes cercanos. Se plantaron así las simientes de lo que llegaría a ser una de las comunidades más singulares de todo Nemus.

Precisamente de la guerra civil entre Iulianus y Camirius procede la primera huella documental de Umida: un acta diurna conservada en el Museo de Historia de Isola, en la que se informa de la destrucción de la flota de Antípoda a manos de una escuadra combinada de la propia Isola, Trantio y Felsina que contó, cito textualmente, con el apoyo de “algunos bajeles de fondo plano, procedentes del puerto franco de Umida”.

Nadie sabe el momento preciso en el que los ciudadanos de Umida acordaron el nombre de su asentamiento, alimentado por sucesivas oleadas de refugiados que fueron poblando una desolada franja de tierras marinas en un éxodo primero momentáneo y después definitivo. En cualquier caso, el origen del término no es difícil de adivinar. El documento oficial más antiguo del que se tiene noticia es el primer Código de Umida, promulgado en el “año tercero del consulado de Rogatus, Fundationis Princeps”. El texto menciona ya los cinco principales distritos del enclave, asentados sobre sendos islotes: Ardea, Caudalonga, Petracana, Testudo y Putevaldo.

Comparada con la exhaustiva Constitución de Isola, el Código de Umida resulta bastante vago e indeterminado. No en vano, el reputado Nestor Paulus (profesor de derecho en la Academia) lo ha considerado una auténtica “oda a la ambigüedad”. El asentamiento es oficialmente una República, para cuyo gobierno se establece la figura de un Dux, elegido por un Consejo de las principales familias mercantes y que luego debe ser ratificado por el emperador de Fundatio. A día de hoy esta cláusula sigue figurando tal cual en el texto vigente, y si nadie se ha molestado en cambiarla es porque nada influía ni influye en la autonomía de Umida o su estatus como puerto franco.

La lectura del Código revela el espíritu netamente mercantil que, desde muy pronto, imperó en la ciudad de las marismas. No hay en sus páginas mención alguna del “lucro indigno” (turpe lucrum) que sí aparece en las constituciones de otras ciudades imperiales – para los umidenses, ningún lucro es indigno. Y aunque se prohíbe vender como esclavo a cualquier “conciudadano”, nada se dice de otras gentes. De hecho, tras la caída del Imperio, Umida se convirtió rápidamente en uno de los principales nodos del comercio de esclavos en el Gran Mar Central. Y a pesar de las reiteradas prohibiciones de los sucesivos duces (las buenas relaciones con Isola requieren gestos de cara a la galería), el tráfico fluido de “carne fresca” hacia Antípoda ha sido una constante.


Pero sería injusto decir que los umidenses viven solo de traficar con esclavos. Las condiciones naturales de la marisma de Memnos no favorecen la comodidad y la molicie, y sí estimulan la expansión de la energía y el ingenio. En un principio, la economía del enclave debió basarse sobre todo en la pesca y la sal, que los ágiles y veloces juncos trocaban por cereales en otros puertos. El territorio anexo de Umida es bastante pobre, pero frente a las costas de Eliria se encuentran numerosas islas deshabitadas de tamaño y formas variables. Los umidenses establecieron factorías en algunas de esas islas, sobre todo aquellas en las que crecían bosques de coníferas. El suministro constante de buena madera permitió fabricar juncos más grandes y capaces de navegar a mayores distancias.

Además de pesca y sal, el otro recurso natural que abunda en la bahía de Memnos es el cálamo. Las semillas son comestibles, y de su prensado se obtiene un aceite que sirve tanto como condimento culinario como para hidratar y barnizar la madera. Su fibra se procesa para elaborar un tejido duro y resistente, capaz de soportar el continuado desgaste del salitre y los vientos inclementes del mar abierto. La raíz posee usos medicinales; puede hervirse para obtener una cocción que alivia la gota y los dolores articulares, así como elaborar cataplasmas eficaces sobre inflamaciones y esguinces. Y en el caso de algunas variedades específicas de la planta, al quemar sus hojas se produce un humo capaz de liberar a la mente de todas sus preocupaciones – al menos, temporalmente.

El despegue de Umida complicó el equilibrio de fuerzas del Gran Mar Central, y pronto se vería obligada a hacer frente a dos serias amenazas. Por un lado, su auge comercial la convirtió en una presa apetitosa para los incursores skallaagrim, cuyos drakkars estrechos, livianos y de poco calado son aptos para internarse en las aguas traicioneras y poco profundas de la bahía de Memnos. Además, como buenos mercaderes sin escrúpulos, los umidenses son la competencia natural de los feroces nórdicos. Por otro lado, los reyezuelos borios asentados en Eliria no tardaron en posar sus ávidas miradas sobre aquel puerto franco tan próspero.

Para vérselas con los skallaagrim, el Consejo negoció un acuerdo con Felsina, acérrima enemiga de las depredaciones nórdicas. Mientras tanto, la Garza de Plata, el gran junco ducal, atracaba en los muelles de Isola. Desde nuestro punto de vista, Umida siempre ha sido un nido de víboras, un agujero arenoso de falsedad y codicia. Pero los intereses comunes son los intereses comunes, y entre republicanos es preciso entenderse. El resultado fue una alianza tripartita que consiguió imponerse a las flotas skallaagrim en buena parte del Gran Mar Central. Se firmó un tratado favorable con Duchet, cuya aristocracia nórdica se había ido “civilizando” al mezclarse con la nobleza de Tarania.

En cuanto a la amenaza por tierra, hubo que lidiar con el creciente acoso de Bogomila, princesa de los borios terzcinos. A varias embajadas comerciales y amenazas muy poco veladas siguió finalmente un ultimátum: aceptar la “protección” boria y pagar tributo o asumir los riesgos de ir por libre. Celoso de su independencia, el Consejo rechazó esas demandas y se preparó para la guerra. Se construyeron múltiples diques y pequeños fuertes de madera en diversos puntos de la marisma, en realidad carentes de casi cualquier valor estratégico, siendo más bien señuelos para entorpecer y confundir a los eventuales invasores. Y se contrató a mercenarios vatarios, experimentados en combatir en zonas pantanosas.


Bogomila invadió la bahía de Memnos con un ejército numéricamente muy superior a sus defensores, pero las marismas impusieron un escenario bélico para el que no estaba preparada. Lo que siguió fue una atroz guerra de guerrillas en la que los capitanes borios se sentían como pollos sin cabeza, dirigiendo a sus huestes de un lado a otro sobre un terreno hostil e inmisericorde. Bogomila empezó a desesperarse mientras malgastaba tiempo y esfuerzo en ocupar fortines que se encontraba vacíos, pero que luego hacían llover flechas y jabalinas sobre su retaguardia en cuanto los dejaba atrás. Las noches eran aterradoras, con los guerreros borios avanzando penosamente entre el fango y las nubes de mosquitos, tratando de esquivar las arenas movedizas mientras eran hostigados de forma constante por los vatarios, que se movían en silencio y con rapidez por diques y canales gracias a los pequeños juncos y bateas.

Sin embargo, todos aquellos problemas palidecían ante las dificultades de aprovisionamiento y el efecto de las constantes picaduras de insectos. El hambre y las enfermedades empezaron a mermar muy seriamente al ejército invasor, sufriendo la propia Bogomila de fiebres, sudores y vómitos espantosos. Finalmente la orgullosa princesa de los terzcinos ordenó la retirada, pero el peaje había sido demasiado severo y murió durante el regreso a sus tierras. La paz se firmó con su hijo Veles, que aceptó respetar la independencia de Umida y se emparentó mediante matrimonio con la aristocracia mercantil de la ciudad. Los mercenarios vatarios, además de ser generosamente recompensados por sus servicios, pasaron desde entonces a integrar el núcleo de la Guardia Ducal.

Superados estos dos grandes desafíos, todo parecía dispuesto para que la victoriosa Umida comenzase a ampliar sus horizontes y abrazase un merecido estatus de incipiente potencia marítima a escala mundial. Pero entonces, de improvisto, llegó la Gran Marea.

Fue una mañana como otra cualquiera. Los barcos cargaban y descargaban sus mercaderías en los muelles, mientras negotiatores y mercatores discutían y regateaban en las lonjas y mercados, ejecutando su habitual repertorio de aspavientos y muecas de fingida indignación. De repente, sin previo aviso, la marisma entera tembló y se agitó durante unos instantes que parecieron eternos. Colapsaron algunas secciones de muelle, y unos pocos edificios se tambalearon antes de quedar parcialmente enterrados en el suelo arenoso.

Se conservan los suficientes testimonios de supervivientes como para articular un relato veraz de lo que sucedió a continuación. Cuando cesaron las sacudidas y los cariacontecidos ciudadanos, respirando de alivio, comenzaban ya a inspeccionar los daños, algunos notaron que las aguas parecían descender y retirarse de la bahía. Una de las crónicas menciona que, mientras los curiosos se agolpaban en los muelles para admirar aquel extraño suceso, un comerciante elfo “con el rostro lívido y los ojos anegados de terror” comenzó a gritar que todos deberían correr a ponerse a salvo, al tiempo que se afanaba en desatar las amarras de su navío.


Las sorprendidas gentes a su alrededor se rieron, creyendo que el peligro había pasado. Se equivocaban. Y cuando atisbaron en el horizonte la enorme ola que se aproximaba, ya era demasiado tarde para escapar.

La Gran Marea azotó Umida con furia titánica y salvaje. Muchos de los bajeles fondeados en la bahía fueron arrojados por encima de las casas debido a la fuerza de las aguas, mientras otros se iban a pique junto a los muelles donde estaban atracados. Media ciudad fue hecha trizas y arrastrada por aquella ola asesina, o bien se hundió sin remisión en el inestable suelo arenoso.

Resulta complicado calcular las vidas perdidas. Las estimaciones más fiables aseveran que Umida contaba con unas cien centenas de moradores antes de la catástrofe. En torno a tres millares fallecieron a consecuencia directa del temblor de tierra y la ola inmediatamente posterior. Pero la situación no hizo sino empeorar en los terribles días siguientes, dedicándose mercenarios, corsarios y mercaderes sin escrúpulos al despiadado saqueo de lo que quedaba de la ciudad. Para cuando la Guardia Ducal y las clientelas armadas de los principales oligarcas consiguieron restablecer el orden, se calcula que otros tres mil habían fallecido a causa de heridas, enfermedades y las violencias del saqueo. En cualquier caso, la Gran Marea fue un desastre sin paliativos que convirtió a la ciudad de las marismas en una gran ruina destartalada.

La reconstrucción ha sido un proceso enrevesado. La Gran Marea tuvo lugar en un momento de expansión comercial por el Gran Mar Central, y en ese contexto la desaparición repentina de un notable competidor no entristeció demasiado a las demás potencias mercantes. Es cierto que la recuperación de Umida se vio favorecida por la buena voluntad isolana, sobre todo a partir del Concilio de Isola que fue el génesis de La Orden – el complejo programa de bloqueos navales y desembarcos militares subsiguientes requirió toda la ayuda que fue posible reunir.

Pero al mismo tiempo hubo que lidiar con la competencia de Emporika, cuyos dirigentes vieron en el desastre umidense una gran oportunidad para extender su influencia por las costas meridionales del Gran Mar Central. Así, una expedición impulsada por el navarca Nikolaos Alexandrevich y financiada por varios mercatores emporikanos y vodavinios fundó la colonia de Azalgrad en la desembocadura del caudaloso Cola de Sierpe. El resultante desvío de gentes y capitales hacia el nuevo y próspero enclave entorpeció las pretensiones de Umida de restablecer su proyecto de hegemonía naval en el sur del “gran charco”.

Por si fuera poco, el estado de debilidad obligó a renegociar los acuerdos con el principado borio de Terzcin, firmándose un nuevo tratado en términos menos favorables que el anterior. Solo la intervención de Isola, siempre dispuesta a dar la cara por cualquier república mercante en apuros, impidió que Umida se convirtiese en un protectorado borio.

A pesar de las dificultades, los habitantes de las marismas enfocaron todo su ingenio y resolución a tratar de revertir aquella complicada situación. Fluctuat nec mergitur. Los aserraderos de las factorías isleñas, menos afectados por la Gran Marea que los distritos principales, trabajaban sin descanso para aportar madera destinada a la reconstrucción. Volvieron a levantarse parte de los muelles y edificios destruidos, implantándose de forma generalizada un nuevo sistema anti-maremotos diseñado por Aristodeme, la eminente ingeniera y matemática nisia que luego llegaría a ser rectora de la Academia. Como resultado, más que una ciudad en el sentido tradicional de la palabra, la Umida actual ha sido definida como un “enorme junco sin velas”.

Por otra parte, la acuciante necesidad de reforzar su diezmada flota, así como el desinhibido espíritu mercantil y la ambigüedad de su código de leyes contribuyeron a provocar una importante transformación en la ciudad de las marismas. Muchos bucaneros, contrabandistas y otras gentes indeseables de los mares del sur comenzaron a arribar a sus muelles y embarcaderos, al considerarla un puerto seguro y neutral. En buena medida se debió esto a la creciente presión de la flota emporikana, afanada en limpiar las costas de calas piratas para proteger sus intereses y rutas comerciales en Azalgrad. Los umidenses ya poseían una reputación de mercaderes despiadados e inmorales, y en aquella coyuntura desfavorable (no había manos suficientes para reconstruir ciudad y flota al mismo tiempo) el Consejo no estaba para andarse con miramientos.


De tal manera se convirtió Umida en un auténtico nido de piratas. Aunque jamás será admitido en público, es un secreto a voces que el Consejo firmó y ha seguido firmando tratados con numerosos bandoleros de los mares. Así, el puerto franco se comprometió a mantener sus muelles y mercados abiertos (haciendo la vista gorda en lo tocante a la procedencia de las mercancías) y a intermediar para el rescate de los eventuales cautivos. A cambio, los bucaneros juraron no causar disturbios ni perjuicios en la bahía de Memnos y aceptaron pagar diversas tasas e impuestos. En resumen, una patente de corso en toda regla.

Felsina, que ha hecho de la lucha contra la piratería una de sus señas de identidad, se tomó especialmente mal el cambio de rumbo de su antigua aliada. Solo se evitó un enfrentamiento directo y abierto por la creciente amenaza de Antípoda y la convocatoria del Concilio de Isola.

Pese a todos sus esfuerzos, concesiones y apuestas arriesgadas, Umida todavía no ha logrado recuperarse plenamente de la Gran Marea. Tal vez nunca lo haga. En la actualidad, el puerto libre más libertino de todo Nemus sobrevive gracias al corso, al comercio legal e ilegal y a maniobrar con mucho cuidado en una compleja red de diplomacia internacional.

Oficialmente, el Dux es un firme partidario de los esfuerzos para contener la expansión del Triple Culto. Sin embargo, todo esto no impide a Umida traficar con Antípoda a escondidas, para lo cual una flota corsaria especializada en operaciones de falsa bandera resulta de gran utilidad. Hace cosa de un lustro, una escuadra emporikana apresó a varios buques mercantes que comerciaban entre Umida y Marabor. Les quitó tal cantidad de marfil que su precio cayó en picado en Emporika durante el año siguiente. La noticia no tardó en propagarse y el Dux recibió una sonora advertencia por parte del Senado de Isola. Al año siguiente, los corsarios al servicio de Umida ejecutaron una fulgurante y atrevida incursión frente a las costas de Marabor. La operación se saldó con la captura de un gran cargamento de ámbar azul, la mitad del cual fue enviado inmediatamente a Isola como gesto de buena voluntad.

La competencia con Azalgrad es, naturalmente, feroz. Pero los umidenses se ven obligados a mantener una fachada de cooperación cordial y pacífica, pues no están en condiciones de enfurecer a Emporika ni vérselas abiertamente con su poderosa flota. La tregua con Felsina por motivo de las Cruzadas hace ya tiempo que está rota, y las escuadras de ambas ciudades juegan a gato y ratón frente a las costas del Antiguo Imperio. Todo esto no ha impedido, por supuesto, que los negotiatores de Umida sigan desempeñando su profesión a lo largo y ancho de los océanos, pues a pesar de las dificultades el puerto franco de Eliria ha conservado su papel como centro redistribuidor del Gran Mar Central meridional.

Si las cosas se ponen feas, sobre todo al lidiar con los borios, queda la baza de apelar a Isola y su solidaritas inter respublicas. Es entonces cuando todos los rufianes abandonan la bahía de Memnos a la carrera y el Dux promulga enérgicos edictos contra piratas y contra servitudinem. Tras arduas negociaciones, el Senado de Isola acepta proporcionar una generosa prestación de sólidos a cambio de cuotas comerciales de productos exóticos (como las sedas y especias del Lejano Mediodía), garantías de no sufrir actos de piratería directos o indirectos y la entrega de algunos rehenes convenientemente “rescatados” de las garras de malvados bucaneros. Durante un tiempo, las calles y canales de Umida se convierten en un remanso de paz y tranquilidad, sin transacciones inmorales ni negocios turbios. Pero de noche y sin hacer ruido, corsarios y filibusteros van retornando a sus muelles habituales, donde los honorables mercaderes esperan con ansia la llegada de sus mercancías robadas. Y poco a poco todo regresa a la normalidad.

Aunque la política umidense pueda parecer extremadamente confusa a primera vista, en realidad se explica por la constante preocupación de proteger su comercio y su supervivencia. Ser el refugio primordial para numerosos piratas acarrea problemas (y no solo de reputación) pero también convierte a esos peligrosos bucaneros en valiosos aliados de conveniencia y reporta jugosos beneficios económicos. Pese a todo lo malo, Umida sigue siendo un enclave dinámico y, a juicio de muchos visitantes, un lugar único en Nemus. Su política de magna hospitalitas abrió la puerta a representantes de numerosas razas y naciones; prueba de ello es la propia Guardia Ducal, mayoritariamente vataria pero que ha ido sumando todo tipo de pintorescas incorporaciones, como los temidos antidisturbios trogros. Y su peculiar urbanismo sorprende a propios y extraños: “de lejos, parece que las barcas se deslizan por la pradera”, afirmó el ensimismado delegado comercial de Trantio en su primera visita a la ciudad.


Por encima de todo, Umida es un puerto y un mercado. En sus muelles embarcan pasajeros que siguen la ruta austral hacia el Mediodía y desembarcan todo tipo de mercancías (legales e ilegales) procedentes de lugares distantes. Algunas, como la seda y las especias, son reexportadas casi de inmediato hacia Isola y otras antiguas ciudades imperiales, que mitigan así su dependencia de la ruta boreal (dominada por Emporika) para aprovisionarse de ciertos productos. Su relativa cercanía a las costas de Antípoda hace que también sea enclave de interés para La Orden, tal como prueba la continuada presencia de sus agentes.

Hay que reconocer a los umidenses su capacidad para hacer de la ambigüedad una parte fundamental de su identidad y carácter. En buena medida, es lo que les ha permitido sobrevivir. Aquellos refugiados infelices y desesperados han perseverado para mantener a flote un lugar de paso donde se reúnen todo tipo de buscavidas, aventureros, mercenarios y comerciantes de dudosa reputación. Un asentamiento que se diría inestable y provisional, pero que no termina de desaparecer. Un puerto franco en el que puede uno enrolarse en gloriosas aventuras, pero también acabar apuñalado en cualquier callejón de mala muerte. En definitiva, un mohoso edén de oportunidades, siempre que se esté dispuesto a asumir los riesgos.

4 comentarios:

  1. Me encantan las historias de Xoso y el mundo de Nemus en general. Son, con diferencia, los artículos que más leo y releo de este blog; así que me da un poco de pena que haya quedado un poco apartado respecto a otros contenidos (pero a fin de cuentas, el autor decide). Ojalá volvamos a conocer otros rincones de Nemus pronto.

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    1. Xoso sigue generando material (más mañana y las próximas semanas), seguro que te gusta ;)
      Yo tengo toda una sección del mundo a la que llevo bastante dando vueltas.

      Llevamos tiempo hablando y tramando sobre cómo poder dar salida a todo esto. Ojalá poder darte buenas noticias, Borja.

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    2. Me alegro de que te haya gustado, Borja :-)

      Por cierto, una vez más, me gustaría agradecer el gran trabajo de edición y maquetación. La primera imagen me parece sencillamente maravillosa, y refleja muy bien el paisaje que tenía en mente al dar forma a la Bahía de Memnos.

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    3. La labor de documentación gráfica me ha hecho aprender de naves ;)

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