miércoles, mayo 29, 2019

Nemus: El Destino de Svargröf

A continuación os dejo con un texto integramente obra de Xoso/Pecardocillo. En él nos habla de los enanos oscuros, en lo que es un retorno al trasfondo de Nemus.


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Recuerdo haberme pasado tardes enteras de mi juventud sentado en la Estancia de las Armas Foráneas, contemplando ensimismado esa misteriosa y ominosa espada, fascinado ante su insólito diseño y las desconocidas runas que adornan la parte central de la hoja. Ante la falta de respuesta de los herreros locales, pues nada podían decirme, solía abordar a todo armero ambulante que llegase a la ciudad en ferias y mercados. Mas el desenlace era siempre el mismo: tras encogerse de hombros, todos declaraban aquel arma como ajena a sus conocimientos.

Años después, convertido ya en el curator del Palacio, establecí contacto con Olaf Ragnarsson, un reputado forjador de Ainborg que pasó por Muntua acompañando a una caravana de su gremio. Estaba convencido de que, si alguien podía arrojar luz sobre el enigma, ese sería él. Mi insistente actitud y el entusiasmo contenido en mis palabras despertaron el interés del maestro enano, que accedió a echar un vistazo al artefacto.

Juraría que el calor de la vida abandonó durante unos instantes las mejillas de Olaf en cuanto abrí el cerrojo y levanté la tapa de madera que ocultaba la fuente de mis desvelos. Su semblante se oscureció, sus ojos se entornaron y las facciones de su noble rostro se turbaron y endurecieron. “Es antigua”, dijo lentamente con voz seca y ronca, “y fue forjada para un hombre ambicioso por manos que no describiré aquí”. Yo estaba tan nervioso y exaltado que el corazón amenazaba seriamente con salirse de mi pecho. Le pregunté por las extrañas runas, de factura enana pero tan distintas a todas las que había visto hasta la fecha. “Créeme muchacho”, afirmó en voz baja mientras alzaba una mano para posármela con firmeza en el hombro, “no quieres saber lo que significan”.

Tras eso, se encaminó hacia la puerta de salida sin mirar atrás. Se negó incluso a volver a hablar de la espada, diciendo únicamente que estaría mejor “encerrada y a buen recaudo”. Y para ser sincero, así ha permanecido hasta el día de hoy, pues ni me he atrevido a mencionar de nuevo su existencia ni tampoco nadie ha preguntado jamás por ella. Así que no imagina, distinguida señora, la emoción que siento al leer que está usted interesada en el asunto…
Fragmento de una carta del curator del Palacio de Antigüedades de Muntua.

* * * * *

 
La gran cordillera de Altosmontes es el hogar de las principales ciudades-fortaleza de los enanos. Sus montañas, valles, collados y acantilados definen el ecosistema, la mitología y la concepción del mundo de esta antigua raza. Sin embargo, a lo largo de los años la búsqueda de nuevas riquezas y el espíritu aventurero de algunos clanes los ha impulsado a lanzar expediciones a tierras lejanas. Una de esas iniciativas, auspiciada por la visión profética de una sacerdotisa, llevó a la fundación de la mina-fortaleza de Drakkaborg en la cordillera del Espinazo del Dragón. La Saga de Drakkaborg conmemora la realización aquella famosa gesta colonizadora, pero lo cierto es que la dilatada historia de la raza enana está salpicada de empresas similares. Algunas de ellas tuvieron un final feliz con el establecimiento de colonias o factorías en diversos lugares, habitualmente puntos estratégicos por su riqueza minera. Otras dieron lugar a malogradas aventuras y tragedias de infausto recuerdo.

Y también hubo lugar para lo que podríamos denominar una “tercera vía”: expediciones que lograron culminar con éxito en la fundación de nuevos asentamientos viables y capaces de resistir el paso del tiempo… pero cuyos pobladores, por unas u otras razones, terminarían renegando de sus vínculos con la gran nación enana de Altosmontes para seguir sus propios y tortuosos caminos.

El caso de la mina-fortaleza de Svargröf es uno de ellos. Todo comenzó como de costumbre: un auspicio favorable, un grupo heterogéneo de enanos con ganas de aventura y unas autoridades muy receptivas a la idea de aliviar la creciente presión demográfica y expandir la influencia enana por el mapa. Así partió la caravana de colonos a recorrer recónditas y escarpadas sendas bajo la luz de las estrellas. Durante muchas lunas patearon el ancho y peligroso mundo en busca de un futuro incierto, pero con la marmórea determinación tan característica de su estirpe y la tozuda negativa a retroceder de quien tiene poco o nada que perder.

Y tras un viaje de varios años, al fin creyeron encontrar el lugar propicio que la profecía les había anunciado: una enorme montaña de granito negro, alzándose soberana como punto final y supremo de una pequeña cordillera que moría junto al océano. A los pies de la gran montaña discurría un río que vertía sus aguas dulces en el mar, formando un pequeño delta de tierras fértiles y muy aptas para el cultivo. Allí, aprovechando como base una pequeña red de cuevas naturales, excavaron Svargröf (“La Mina Negra”) en la roca viva del majestuoso y oscuro Svarfjall.

Nada más asentarse en la región, los “enanos negros” establecieron contacto con dos grupos de moradores autóctonos muy diferentes entre sí. El primero lo integraban diversos clanes de elfos de los bosques, comunidades nómadas que recorrían sus sendas por entre la espesura y no solían pasar mucho tiempo asentados en el lugar, pero siempre terminaban regresando. El trato con estos elfos fue pacífico aunque tenso debido a la constante necesidad enana de aprovisionarse de madera. De entrada fue posible alcanzar acuerdos y soluciones de compromiso, pero la relación nunca dejó de ser tirante y al final terminarían estallando conflictos ocasionales.

El segundo grupo lo componían numerosas pero dispersas tribus de trasgos, que se encontraban tecnológicamente en la Edad de Piedra. La naturaleza curiosa, impredecible y entusiasta de aquellos trasgos provocó una cierta incomodidad entre los colonos enanos, pero ante su ausencia de malicia aprendieron a tolerarlos.

Endurecidos por las penurias del largo viaje y deseosos de ver recompensada su tenaz persistencia, los enanos se pusieron inmediatamente manos a la obra. Exploraron las tierras circundantes en busca de vetas minerales en cuevas o al aire libre, cavaron fosos y zanjas en pos de filones prometedores y se aseguraron un suministro constante de buena madera. La fortuna les fue propicia y no tardaron en hallar oro, en cantidades aparentemente abundantes. Casi una década después de la partida de los colonos, la primera caravana que regresó a Konunborg con la noticia del éxito del nuevo enclave portaba consigo un fantástico presente: una espléndida cadena ornamental de oro macizo que simbolizaba tanto la riqueza aurífera de Svargröf como su reconocimiento del vínculo que la unía con la antigua metrópoli. Las noticias se propagaron con rapidez y pronto se generó una significativa “fiebre del oro”, con caravanas de colonos enanos dirigiéndose al bisoño y prometedor enclave. Estos nuevos contingentes de población permitieron redoblar el ímpetu de las prospecciones y elaborar ambiciosos proyectos de construcción e ingeniería.

El paso del tiempo evidenció que no había tanto oro como parecía al principio. Los principales filones no tardaron en agotarse. Esto no agradó a los ricos mercaderes de Ainborg que habían invertido en la explotación aurífera de Svargröf y vieron defraudadas sus expectativas. Al secarse de forma prematura e inesperada la fuente de oro, se secó también el flujo de nuevos colonos que acudían desde Altosmontes. Si bien el progresivo descubrimiento de ricas vetas de cobre, hierro, estaño, bauxita y otros minerales garantizaba la viabilidad del joven asentamiento, el freno repentino del crecimiento demográfico limitaba su potencia expansiva y amenazaba con tirar por la borda ambiciosas políticas de futuro que requerían numerosa mano de obra. Inquietos, los enanos escudriñaron a su alrededor en busca de posibles soluciones, y sus miradas se posaron en sus alegres vecinos trasgos.
Aquellos trasgos llevaban ya tiempo emulando, a su manera, las actividades que observaban en los enanos. Con el entusiasmo infantil tan característico de su raza, excavaban minas y fosos a imitación de lo que veían hacer a sus nuevos vecinos. Los resultados solían ser catastróficos, pero ello no parecía disminuir la súbita pasión minera e ingeniera de aquellas criaturas: apenas derrumbada la enésima mina – sepultando consigo a decenas de improvisados zapadores – empezaban casi de inmediato la siguiente.

No pasó mucho tiempo antes de que los enanos, a falta de una solución mejor, comenzasen a “contratar” a las distintas tribus de trasgos como mano de obra barata, pues solían bastar algunas baratijas o cachivaches brillantes – carentes de cualquier valor real – para captar la vehemente atención de aquellos seres. Los fiascos y desastres continuaron repitiéndose de forma habitual, pero de vez en cuando los mineros trasgos topaban de casualidad con alguna veta valiosa y los enanos eran capaces de desalojarlos a tiempo para apuntalar la galería y evitar un derrumbe.

Mientras tanto, las relaciones con la metrópoli fueron deteriorándose poco a poco, volviéndose los contactos cada vez más esporádicos. Nunca llegó a producirse un auténtico momento crucial de ruptura, pero lo cierto es que los enanos de Svargröf estaban experimentando alteraciones que irían alejándolos de sus hermanos de Altosmontes. Las delegaciones comerciales de la metrópoli eran cada vez peor recibidas, y los antaño generosos tributos fueron reduciéndose hasta desaparecer por completo. Con el lento paso de los años, a un ritmo casi imperceptible pero inexorable, la ambición y la codicia fueron endureciendo los corazones de aquellos rudos colonos. Al mismo tiempo, sus mentes y espíritus se retorcían. Nadie sabe cuál fue la causa última de aquello, ni siquiera si hubo una causa como tal. Lo innegable es que, llegados a cierto punto, la última delegación de Konunborg se encontró con las puertas de la joven fortaleza cerradas y volvió por donde había venido para no regresar jamás a las laderas del Svarfjall.

Todas las hipótesis sobre la transformación de los colonos de Svargröf indican que “algo” oculto en su hogar los hizo cambiar. La naturaleza y procedencia de ese algo son, sin embargo, objeto de especulaciones que sus hermanos de Altosmontes probablemente preferirían no dilucidar jamás. Lo cierto es que cada movimiento de pico, cada golpe de cincel y cada barrido de pala precipitaban a aquellos enanos hacia su inexorable destino. A medida que una generación tras otra horadaba la tierra y la roca con sus minas, túneles y galerías, sus mentes y cuerpos asimilaban algo que los transmutaría para siempre.

Los enanos negros no se volvieron “malvados” en el sentido estricto de la palabra. Simplemente, su forma de pensar y de entender el mundo, así como sus antiguos códigos morales, parecieron retorcerse hasta adoptar nuevas formas y expresiones que antaño les habrían parecido extrañas e incluso abominables. Así mismo, resulta tentador e irónico elucubrar sobre la posible influencia que los trasgos, despreocupados e inconscientes, pudieron haber tenido sobre ellos.

Los trasgos son curiosos, entusiastas y nada cautelosos respecto de las potenciales consecuencias de sus actos. Por su parte, la cultura enana es conservadora por naturaleza, y la mentalidad resultante contrapone siempre riesgos a beneficios bajo la atenta mirada de la tradición. La profundidad de este conservadurismo varía de unas fortalezas a otras, pero en general un gremio enano de ingenieros únicamente dará su visto bueno a un nuevo invento cuando este haya sido probado hasta la saciedad y se haya demostrado, fuera de toda duda, su funcionamiento seguro y eficaz.

Los enanos de Svargröf no eran así. Y cualquier vestigio de esa forma de pensar se desvaneció tras el ascenso de Iznubar el Infame.


Fue el Clan Barbaceniza quien descubrió la existencia tangible de ese “algo” que había estado mutándolos lentamente durante generaciones. En una prospección rutinaria, se toparon con una grieta de la que parecía emanar, en cantidades muy tenues, un extraño gas. La mayor parte de los que entraron en contacto con aquel gas sufrieron alucinaciones y desmayos, para despertar horas después sin más secuelas que un notorio dolor de cabeza y la conciencia de haber sufrido pesadillas bastante singulares y psicodélicas. Unos mineros enanos cualesquiera habrían tratado de obtener una muestra del gas para enviar a laboratorio y luego tapiado la grieta a conciencia, pero los Barbaceniza optaron por experimentar. Hasta que Iznubar el Infame oyó la llamada de lo Profundo.

Iznubar pertenecía a una rama menor del clan. No poseía contactos importantes ni ningún talento especial. Así que fue uno de los “voluntarios” seleccionados para ser expuesto al gas durante periodos prolongados, en una cámara construida para la ocasión. Los anteriores sujetos de pruebas habían desvariado hasta perder la razón por completo entre delirios y alucinaciones, pero no fue su caso. Cuando sus parientes abrieron la puerta de la cámara tras el tiempo estipulado, se sorprendieron al encontrarse con un Iznubar perfectamente lúcido… y cambiado. En contraste con el individuo anodino que había sido hasta entonces, su voz sonaba clara y convincente, articulando palabras sabias y clarividentes, y sus ojos brillaban con un fulgor hasta entonces desconocido, imprimiendo inusitada energía a sus gestos y miradas.

En poco tiempo, Iznubar protagonizó un ascenso social sin precedentes, convirtiéndose primero en el principal consejero del líder del clan y, a la muerte de este, en nuevo señor de los Barbaceniza. Para entonces, ya había tejido una elaborada y tupida telaraña de contactos, confidentes y espías en el seno de los demás clanes, convirtiéndose en el auténtico gobernante en la sombra de toda la mina-fortaleza. Cuando deseaba meditar para resolver un asunto importante, volvía a encerrarse en la cámara del gas para consultar con lo que él llamaba “el Susurro de la Madre Roca” y permanecía allí durante horas e incluso días. A su regreso, semejaba que cada una de sus palabras estuviese imbuida de una sabiduría ultraterrena, y nadie osaba oponerse a sus designios. Bajo sus auspicios fueron cerradas las puertas ante el último embajador de Konunborg y se construyó el Gran Templo del Granito Negro en el mismo corazón del Svarfjall, alrededor de aquella cámara que había cambiado su vida.

Iznubar se convirtió así en el primer Gran Profeta de Svargröf, el Decidor de Verdades y Mensajero de la Madre Roca. Convertido ya de facto y de iure en gobernante absoluto, eliminó cualquier restricción sobre las actividades inventivas de los gremios, afirmando que “todo aquello que se extrae y elabora a partir de la Roca, es voluntad de la Roca”. Los años que siguieron fueron escenario de una experimentación inusitada, con todo tipo de nuevas teorías, proyectos y prototipos surgiendo por doquier – casi todos ellos, tan ambiciosos como poco fiables. Las explosiones y estropicios se sucedían uno detrás de otro, pero ello no contuvo las nuevas ansias experimentadoras de aquellos enanos. La búsqueda de nuevas vetas y filones condujo a la exploración y explotación de las montañas y colinas circundantes, convirtiéndose piedra a piedra la mina-fortaleza en una auténtica ciudad-reino.

Mientras tanto, la heterogénea masa tribal de trasgos fue deviniendo poco a poco en una homogénea legión de esclavos, lo cual no parecía importarles demasiado a tenor del entusiasmo con que trabajaban en los campos, las minas, los hornos y los laboratorios de los enanos. Fueron las manos de los trasgos, equipadas con rudimentarios aperos de factoría enana, quienes transformaron el pequeño delta a los pies del Svarfjall en una bulliciosa extensión de cultivo de regadío.

El contacto frecuente con el hálito y los susurros de la Madre Roca alargaron la vida de Iznubar hasta extremos anti-naturales, pero finalmente le llegó la hora de caer rendido en brazos del sueño eterno. Postrado ya en su lecho de muerte, legó a Svargröf su Última Profecía. La mina-fortaleza poseía los ingenios y productos necesarios para expandir su influencia por el ancho mundo, pero para ello debería ampliar unos horizontes que se habían quedado pequeños y mezquinos.

Los aprendices de Iznubar continuarían su legado emprendiendo caminos diversos, con métodos basados en el ensayo-error que daban lugar a experimentos tan espectaculares como peligrosos. Las Cámaras de la Verdad del Gran Templo de Granito Negro garantizaron el suministro de nuevos profetas, tan entusiastas con sus proyectos como despreocupados ante sus consecuencias; la otra cara de la moneda fueron los rechazados por la Madre Roca, condenados a pasar el resto de sus días atrapados en sus propios delirios dementes. La intensa actividad experimentadora dio lugar a inventos tan maravillosos como terroríficos e inestables, con un coste a veces severo para la salud e integridad física de quienes los llevaban a cabo. No pocos profetas terminaron recurriendo a aparatosos miembros mecánicos para sustituir a los originales, perdidos en experimentos mal avenidos.

Los efectos de una cultura tan innovadora y poco apegada a la tradición se proyectaron igualmente sobre la estructura social y política de la emergente ciudad-fortaleza. Que un donnadie como Iznubar llegase a convertirse en el señor supremo incentivaba a muchos otros a probar suerte. El resultado fue una mayor movilidad y dinamismo social que en los tradicionales enclaves de Altosmontes, pero también más inestabilidad y conflictos. La primacía indisputable ostentada en principio por los Barbaceniza no tardó en tambalearse a medida que el resto de clanes fueron hallando otras grietas de las que manaba el misterioso gas mágico. Se construyeron nuevos templos, se diseñaron monstruosidades inéditas y los laboratorios vibraron con los experimentos de una nueva generación de profetas que aspiraban a una posición hegemónica. Finalmente, tras una escalada de incidentes desagradables, los distintos clanes se avinieron a negociar una solución, estableciéndose así un Cónclave que se reuniría periódicamente en el Gran Templo del Granito Negro. Esta fórmula permitió dotar de una cierta estabilidad política a Svargröf, aunque en realidad los clanes continuaron coexistiendo en un clima permanente de tensión y desconfianza, conspirando y zancadilleándose entre ellos en sus esfuerzos por controlar el Cónclave. Los complots y las maquinaciones políticas estaban al orden del día.

Pese a la diversidad de objetivos de los distintos clanes, los enanos de Svargröf honraron la Última Profecía de Iznubar el Infame con fanática devoción. Sin embargo, la ciudad-reino del Pico Negro no gozó jamás de la potencia demográfica necesaria para acometer una verdadera expansión territorial más allá de sus fronteras. Además, la competición entre clanes, si bien un estímulo para la creatividad y el desarrollo tecnológico, provocaba también una constante tensión por el delicado equilibrio de fuerzas, impidiendo que ninguna facción llegase a volverse lo bastante fuerte como para liderar agresivas empresas de expansión militar.

Además, ningún otro profeta llegó a demostrar la clarividencia de Iznubar el Infame a la hora de interpretar los susurros de la roca, y ello provocó no pocos tropiezos y contratiempos. Algunas empresas se vieron abocadas al desastre por planificaciones excesivamente optimistas o interpretaciones erróneas de las visiones obtenidas en los templos. La inestabilidad crónica de sus innovaciones tecnológicas, la excesiva dependencia de una mano de obra tan abundante y entusiasta como poco fiable y las constantes disputas internas impidieron que los enanos de la Mina Negra lograsen ensombrecer la gloria de sus primos de Altosmontes, a quienes despreciaban y envidiaban al mismo tiempo. La conciencia de este fracaso los fue empujando por sendas cada vez más oscuras, y los profetas terminaron por retorcer incluso las últimas palabras del Infame: para llegar a lo más alto, tendrían que cavar todavía más hondo.

Todo lo relacionado con la fundación y evolución de Svargröf es motivo de vergüenza para los enanos de Altosmontes, que prefieren no hablar de ello y sostienen en público que no se trata más que de leyendas. Y lo cierto es que Svargröf ya no existe. Entre experimentos cada vez más osados y creaciones progresivamente más siniestras y retorcidas, la Mina Negra caminó inexorablemente hacia el más grande de todos sus desastres, que también sería el último. Lo que aconteció en realidad, a ciencia cierta nadie lo sabe. Algo terrible tuvo lugar en el interior del majestuoso Svarfjall, y la civilización que se había desarrollado al abrigo de sus imponentes laderas se precipitó al colapso más absoluto. Largas eras después, el colosal Pico Negro continúa alzándose lóbrego y solitario junto al mar, albergando unas ruinas ominosas que se internan durante millas en las entrañas de la tierra.

Que Svargröf desapareciese no significó que todos sus habitantes lo hiciesen con ella. Al gran desastre subsistieron pequeños grupos de supervivientes que, en un éxodo siniestro y en ocasiones desesperado, buscaron nuevos rincones perdidos y oscuros en los que deslizarse y echar nuevas raíces. Allí han permanecido ocultos durante milenios, conspirando y maquinando, poniendo a punto sus nuevas forjas y laboratorios, sin olvidar jamás las altas cotas que habían codiciado y el abismo insondable al que su ambición los había arrojado.

Aunque muchas de las más grandes creaciones de Svargröf desaparecieron con ella, los enanos negros no olvidaron los secretos de su industria minera y siderúrgica, y a día de hoy sus productos conservan aún un prestigio notorio en los círculos reducidos que saben de su existencia. No suele tratarse de artefactos especialmente refinados y su diseño revela un sentido estético bastante peculiar, pero son eficientes y duraderos, lo que los ha hecho bastante populares en determinados ambientes de Nemus. Por ejemplo, se rumorea que el capitán de los temidos Alabarderos Acorazados de Kertug obtuvo su formidable (y siniestra) armadura como pago por los servicios prestados a un oscuro y misterioso enclave enano. Todo tiene su precio, y más de un osado aventurero o ambicioso jefezuelo han terminado descubriendo, demasiado tarde, el elevado peaje a pagar por conseguir acceso a las oscuras artes de los enanos negros. Para hastío y lamento de quienes investigan y persiguen este tipo de artefactos, la desinhibida y frenética actividad de sus fraguas y talleres garantiza un suministro constante de ingenios tan preciados como peligrosos en caso de caer en malas manos – lo cual sucede casi siempre.

9 comentarios:

  1. Oh, que bien, leere esto con gusto porque me gusta bastante todo lo relacionado al Universo Nemus.

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    1. En este caso todo el crédito es de Pecadorcillo ;)

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    2. Bueno, como decía cierta reinterpretación argentina de una conocida serie animada de los 80: ¡las pelotas! Sin tus consejos y tu labor de edición, este relato no habría ido a ninguna parte.

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    3. Ya será para menos :D

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  2. Como molan esas imágenes que has elegido para ilustrar el texto, sobre todo la primera. Aunque el formato del mismo (a partir del primer párrafo) ha quedado un poco "apelotonado" xD

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  3. Me gusta mucho, son los enanos del caos de Warhammer, pero bien escritos y desarrollados... que es lo que muchas veces le falta a ese tipo de productos. Me gusta mucho su desarrollo, es muy sugerente y da pie a que puedan aparecer de fondo en muchas historias, no es lo típico de que se aislaron, los tocó el caos y se volvieron malos y se pusieron muchas calaveras y son del caos y son malos y calaveras...

    Esta gente me da la sensación que son coherentes, que viven en un mundo, que intentaron hacer una cosa y les salió mal y que crearon una cultura alrededor de ello y que al final han resultado ser un puñado de gente dispersa por el mundo que sigue viviendo de la cultura en la que nacieron y se criaron.

    Me gusta pensar que puedas encontrarte un pequeño enclave alejado de otros puntos más concurridos en los que puedas encontrarte a una pequeña sociedad de estos pequeños enanos siguiendo con lo que queda de su civilización y que pueden ser peligrosos o no dependiendo de cómo te los encuentres de cara, supongo. Me gusta lo que has hecho con el gas porque creo que puedes buscar un desarrollo en el que no es que sean malos, sino que crearon a partir de ese gas una serie de historias, leyendas o ritos que a ojos de cualquiera pueden parecer aberrantes pero en realidad es que ellos no conocen otra cosa y han nacido y vivido con ello.

    Muy interesante y me alegro mucho que haya vuelto Nemus.

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    1. Creo que es interesante indagar en las naturalezas de las razas de fantasía. Conocer sus motivaciones y sus circunstancias. Xoso lo ha hecho muy bien aquí.

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