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Así que mi principal objetivo era seguir los primeros pasos de Alejandro y visitar Grecia antes de cumplir los 26 años (claro, no resulta muy atractiva la idea de darse un paseo por la antigüa Persia) tenía que pisar Atenas. De forma inesperada conseguí convencer a mi pareja y el pasado mes de Febrero salimos para allá.
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Lo primero que uno descubre al pisar Atenas es que Grecia es un país de constrastes. Si, es un tópico, pero nunca ha sido más cierto. Gente de lo más tirada paseando junto a personajes vestidos de Dior, deportivos y coches de la Rusia soviética en la misma calle...
Y la locura. Los griegos parecen estar completamente locos; circulan a gran velocidad por el centro de la ciudad, los peatones cruzan la calzada por cualquier parte sin inmutarse porque los coches se acercan a toda velocidad, la gente se saluda a gritos de un lado a otro de la calle y se hablan a voces mientras se acercan... si, un lugar realmente curioso.
Cuando llegamos ya estaba anocheciendo pero yo no podía esperar más; dejamos las maletas en la habitación del hotel y salimos a toda velocidad, mapa en mano, en busca de la Acrópolis.
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Afortunadamente no hay documento gráfico de ese momento, en el que señalando no dejaba de repetir "la acrópolis, es la acrópolis, allí está la acrópolis, es la acrópolis..." con lágrimas de emoción en los ojos.
No quedó más remedio que ponerse a sacar fotos cual japonés y rondar por la zona hasta que empezó hacerse patente que tantas horas en avión cansan lo suyo, por lo que decidimos volver al hotel para poder madrugar al día siguiente.
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El hotel era modesto pero confortable, además el recepcionista hablaba bastante bien español, lo que ayuda a tranquilizar los nervios iniciales.
Al día siguiente nos levantamos alrededor de las 7:00 y, después de desayunar, salimos como alma que lleva el diablo hacia el conjunto de monumentos de Atenas.
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La primera sensación fue "¡oooohhh que bonito!" la segunda fue "¡jodó qué de mármol!". Es curioso que con la cantidad de mármol que tienen no te dejen coger nada del suelo; al más minimo movimiento sospechoso sale un tipo tocando un silvato y señalándote con el dedo. Eran bastante buenos en su trabajo, aunque yo también soy bastante bueno.
Según entras tienes a la izquierda tienes a las famosas cariátides del Erecteion. Es dificil reprimir el comentario: "mira, esas salían en mi libro de Historia del Arte".
Desafortunadamente no te dejan acercarte demasiado a pesar de que sean réplicas (las originales están en el museo) y todo sigue en esas obras que parece que no terminen nunca.
Después del incidente con el superhéroe del silvato y el dedo acusador visitamos el museo de la acrópolis.
Después de varios "¡oooh!" más disfruté de otro "momento friki": ¡es Alejandro, es Alejandro!
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El ágora romana, el teatro, la torre de astronomía, el cementerio...
Tampoco quiero extenderme demasiado pero, a pesar de la grandiosidad de todos los monumentos, el pequeño cementerio clásico fue el lugar más impactante. Preciosas tumbas con conmovedores epitafios y esculturas con una preciosa expresión de tristeza.
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A la altura del templo de Zeus hicimos una pequeña ofrenda en el Estanque de los Muertos. Seguramente también estaba prohibido, pero uno sentía la obligación de echar unos óbolos por si alguien se quedó sin dinero suelto para pagar al Barquero.
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Era un pozo pequeño pero, por alguna razón, llamaba la atención entre tantas obras colosales, a pesar de estar a plena luz del día transmitía una sensación inquietante y atractiva. La oscuridad de sus aguas y las ojas secas ayudaban a darle un aire realmente místico.
Mientras visitábamos la antigüa ágora un arqueologo que estaba por allí nos dejó pasar a una pequeña capilla donde se encuentra la imagen del pantocrator que sale en tantos libros de religión, evangelios y propaganda cristiana que todos hemos tenido ocasión de sufrir.
Un día interesante, muchas cosas para ver y la sorpresa, al volver al hotel, de descubrir que habíamos pasado 11 horas caminando si parar. Eso cansa.
Al día siguiente salimos hacia el Peloponeso. Pasamos por Salamina (otro momento de emoción friki),
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Resulta sobrecogedor verlo en invierno, sin apenas turistas, y rodeado de nieve.
Como había que hacer la prueba de rigor me puse a recitar los primeros versos de la Ilíada y ¡funciona!, despues de siglos y siglos la famosa acústica sigue funcionando.
Aunque realmente yo lo comprobé después, cuando unos japoneses se pusieron a hablar en el centro del escenario.
Continuamos el día dirigiéndonos hacia la tumba de Agamenón (otro momento friki) y la famosa puerta de los leones (el primer escudo heráldico de Europa).
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La sensación de estar pisando Historia es indescriptible, saber que el barbudo que descubriste en La Ilíada vivió aquí realmente te hace sufrir una especie de escalofrío constante: aquí vivió y aquí está enterrado uno de los héroes que cruzó el mar en las mil naves hacia Troya. Si, aquí mismo, y en esa tumba de allí está enterrado.
Impresionante.
Pasamos la noche en Olimpia y, al día siguiente visitamos el complejo de las famosas olipiadas clásicas.
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Allí estaba la pista olímpica, aquí corrió Fidípides y por mis pistolas que voy a correr yo. ¡Y el bolas!
Finalmente mi pareja no me dejó correr en cueros, qué le vamos a hacer, pero por lo menos iba a correr descalzo.
Así que me descalcé, me puse en la línea de mármol de la salida (¡que de mármol hay en este país!) y salí corriendo como si mil cíclples me persiguieran.
Una vida de friki (es decir: ejercicio = 0), un estómago lleno de salchichas al vino (que desayuno más estupendo) y varios grados bajo cero formaron un explosivo cocktail que se tradujo en, al poco de haber recorrido el estadio, unos estupendos vómitos y una simpática cagalera.
Afortunadamente soy de Barakaldo y me repuse pronto.
El museo de Olimpia estupendo, el wc del museo estaba muy limpio.
De allí salimos para Delfos, pasando por Lepanto.
Espectacular Delfos.
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Por desgracia mi novia no me dejó "probar" el estadio de Delfos.
"Momento regateo" en las tiendas locales para hacerme con una reproducción del templo de Atenea. Puse en práctica mi inglés (me dijeron que hablo inglés tan rápido que es difícil entenderme), mi escaso griego y unos interesantes "spanglish" y "greenglish".
De los 20 euros iniciales me saqué el templo (para DBA, claro) por 8. Seguro que les cuesta 2 producirlos, pero yo me fui bastante satisfecho.
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De allí salimos hacia Kalambaka y sus espectaculares paisajes.
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Hicimos unas cuantas compras en la tienda de las monjitas del monasterio de San Estaban: un marcapáginas bizantino la mar de bonito y unos chismes religiosos para mi abuela, que le gustan mucho "esas cosas".
De allí ya regresamos a Atenas, cruzando las Termópilas a velocidad griega (entre el sonido y la luz) y descansamos para un día de compras antes de regresar a España.
Los griegos son unos vendedores increíbles. Se ve que lo hacen desde hace siglos.
Todos se dirigían a mi en griego, por alguna razón decían que tenía cara de griego y, cuando les decía que era de Bilbao, me contaban esa misteriosa leyenda de los viajeros minoicos que se asentaron en lo que hoy es el País Vasco, así que nos trataban como una especie de primos perdidos.
Resultaba increíblemente fácil entenderse con ellos entre el inglés y una extraña mezcla de español e italiano que chapurreaban.
Y, como he dicho, vendían muy bien. Tanto que entré a comprar una camiseta en una tienda y salí con tres. El tipo era todo un showman así que le dije "¡Qué demonios! yo solo quería una camiseta pero dame tres... eres bueno, tío, eres muy bueno!"
Así que este es el resumen de las divertidas peripecias de un friki en Grecia.
Posiblemente alguno de vosotros quiera fotos de lugares y cosas específicas, así que si quereis podeis pedirlas y el tío Endakil las subirá y las comentará en breve.
Voy dentro de poco a Grecia y buscando por internet lugares curiosos me he topado con esta entrada de tu blog, y sólo quería felicitarte. Me he estado riendo a cada párrafo jajajaja
ResponderEliminarVaya coincidencia :)
EliminarPásatelo muy bien. Qué envidia; es uno de esos lugares a los que querrías volver una y otra vez. ¡Disfruta!